dimarts, 19 de juliol de 2011

Tarde Aciaga


No era la primera vez que Sara se quedaba dormida en el sofá aunque ésta vez era diferente.
La tarde anterior, había descubierto algo que siempre sospechó, pero que por aquellas extrañas cosas de la mente humana, jamás le dio la importancia que  acababa de darle en aquel momento.
No entendía porqué, pero algo en su interior le hacía revelarse contra si misma y empezar a pensar, esta vez más detenidamente, dando valor a cada una de las palabras, que en aquellas llamemos raras conversaciones, ya que en muchos momentos no venían a cuento y sin embargo ella las mantenía, después se despedía y no volvía a recordarlas.
Aquella tarde, se había sentido más humillada que cuándo charlaba con Eduardo.
Él era de ese tipo de personas, no diría embaucador pero sí algo parecido, tenía la inmensurable habilidad de girar las cosas de tal modo, que intentaba que su interlocutor, se sintiese profundamente inferior a  su persona, diríamos que lograba quedar como un ídolo, Sara lo sabía y a pesar de todo lo admiraba, su gran capacidad para expresarse con la pluma, sus fantásticos relatos y poemas, eran dignos de la admiración de cualquiera que amase como ella la poesía, pero no dejaba de reconocer, que como persona, Eduardo abanderaba su prepotencia y su falta de tacto hacia los demás.
Cuántas veces no le había aconsejado, que  ella estaría mejor en cualquier entretenimiento, que no tuviese que ver con la lírica, era tan listo que nunca se lo dijo de forma descarada, siempre de soslayo, dejándole entrever que aquello no era lo suyo.
Todos conocían a Eduardo, así que…no daba la menor importancia, pero aquella tarde sí, aquella tarde recordó en un solo instante, tantas y tantas mentiras como había escuchado de la boca de quien quería considerarse su amigo.
Acababa de leer algo, que  le hizo poner los pies sobre la tierra y ver como se había reído de ella, en aquel momento solo pensó que le había tomado el pelo como a una tonta.
Quizá no fue así y lo único que pretendía su mal llamado amigo, era ponerla en el sitio que le correspondía y borrarle aquellos sueños de poeta, que para nada tenían cabida en un ser como Sara.
El sueño en el sofá, esta vez no fue como en otras ocasiones, se despertó a una hora intempestiva, como si ya hubiese dormido las horas suficientes, pero la noche seguía su curso y el silencio reinaba en la calle a través de las ventanas.
Se sentó en su escritorio antes de cambiarse de ropa y aunque aún no era de día, ella seguía con la misma del día anterior.
Abrió su ordenador y como siempre, fue leyendo en las páginas que tenía costumbre.
¡Sorpresa! pero esta vez no se la dio Eduardo.
¡Dios! quien podía pensar que  aquella persona que siempre la  consideró amiga,  pudiera decir tantas y tan horrendas cosas de ella.
¿Cuándo había hablado mal de nadie? ¿En que ocasión tildó a nadie de necio?
No podía dar crédito a sus ojos, no era posible.
Mojó su cuerpo con toda la fuerza que le daba el agua, mientras empapaba su cara con la rabia que brotaba de sus ojos, no podía pensar, la tristeza y el dolor la embargaban.
Envuelta en la toalla atravesó el pasillo que la separaba del dormitorio, se sentó en la cama y secó sus ojos, que ya no la dejaban ver.
Volvió de nuevo a su escritorio, intentando sacar aquella rabia que la consumía, pero era imposible, demasiado dolor, por algo que en otro momento no le hubiese dado ni la mitad de importancia.
La carta de sara

Eduardo, no quiero que lo entiendas, sólo quiero que te quede claro que tus palabras no me hacen daño, que se quien soy y como soy y me siento orgullosa... tus mezquindades no me alcanzan, sólo que a veces me ponen de los nervios, más cuando eres capaz de sorberle  el pensamiento a la gente, haciendote el superior, siempre fuiste así.
Recuerdo de niños,siempre te creías el señor feudal, pensaba que cambiarias con los años, y por cierto, sí, sí lo hiciste, para superarte.
Habrá más tardes  ymás sitios donde entrar, y no soñaré contigo, porque te he dejado en el fondo del pozo agónico de los recuerdos, no voy a odiarte, porque ni eso mereces.
Permanece en mi olvido.
Sara

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