dilluns, 8 d’agost de 2011

cartas a mi madre

Cuánto tiempo sin escribirte! pero, no creas que te he olvidado, eso nunca pasará, ni aún quedando me sin memoria podría olvidarte, sé que lo sabes, pero las letras se me resisten, el mundo se me viene encima y la nostalgia se apodera de mí.Muchos recuerdos, demasiados para asimilarlos, te necesito a mi lado, pero me alegro de que no estés, este mundo, parece que se ha vuelto loco, hasta el tiempo vaga a su libre albedrío.
Llueve con rabia, como si quisiera demostrarnos que el nuevo diluvio, es posible, hace que florezca el mal estar y la miseria. Se ven más pobres, más necesidad, las personas hemos cambiado, ya se que el ser humano, ha tendido siempre ha fastidiar en lo posible a su entorno, pero...creo que los avances tecnologicos, los logros en todas las materias, nos están volviendo menos humanos, a veces pienso que nos robotizamos.Esta semana, nevó, lo mismo que cuándo yo, solo tenía 12 años, ¿lo recuerdas?.Eso me volvió atrás en el tiempo, volví a ser niña, el estanque de la plazoleta, era un pequeño montículo blanco, ¡que pena de los peces!. los bancos ni se veían, y los árboles de los parterres, desprendían de sus copas, los blancos y abultados copos de nieve, poco duraban los huecos de las pisadas, nevó durante dos días, y toda la ciudad era un caos.Por unos instantes, sentí que vivía de nuevo aquella infancia.Ha vuelto a nevar, mañana te seguiré escribiendo.
Han pasado muchos días, estuve recordando aquel año, es lo que tiene, que cuándo vivo una nevada no dejo de recordarlo, y..he vivido más de una, tu lo sabes bien.
<div>Esta última en especial, me trajo amargos recuerdos, aquel año para nosotras, a pesar del dicho de que...año de nieves año de bienes, no fue así, quizá fue el más amargo de nuestras vidas, al menos si de la mía, ¿porqué? siempre me hice esa pregunta y te la hice, de mayor lo entenderás, me respondías, soy mayor, y...no lo entiendo.Habían pasado unos meses de la nevada, la vida, se había normalizado, la euforia de aquellos hermosos momentos, al menos para mí, que solo contaba con 11 años, quedaron atrás, de nuevo la rutina la niña chica, el colegio, ir a entregar la faena, cuándo salia a las cinco, los deberes, la cena y...el miedo a que algo no hubiese hecho bien, pues ello conllevaba el consiguiente castigo, pero...cada día tenía menos miedo, me estaba haciendo mayor, me hice mayor a pasos agigantados.Aquel día, prometía ser uno e tantos, pero no, no fue como los demás, aquel día ya lo he dicho y repito, fue el más amargo de mi vida, un día que se gravó en mi mente de niña mayor, para no borrarse nunca.Un barrio adinerado de la ciudad, las doce del medio día, cruzaste la calle, sabias lo que estabas haciendo, justo cuándo aquel enorme camión se cruzó a tu paso, ¿que pensabas? ¿sabias que podías dejarme sola? creo que no, por eso en el último momento, se grabó tu mano en el chasis, debiste ver un ogro en el último momento, pero, a pesar de todo, no estuviste sola, alguien veló por ti y aunque el impacto fue fatal, el tiempo te ayudaría a recuperarte.</div>Estaba en el colegio, justo en clase de gimnasia, no lo olvidaré era febrero, y solo llevaba la falda de algodón, azul plisada y los bombachos , una blusa de manga corta, la monja me bajó la rebeca al patio, me ayudó a ponérmela y sin mediar palabra, me acompañó a la puerta.
Mi tía me esperaba, sería, como nunca la había visto,¿ que pasa tía? pregunté,nada, tienes que acompaña me, vamos al clínico, ¿al clínico? y, allí que teníamos que hacer, pensé, pero no articulé palabra,al llegar a la carretera, paró un taxi, y con el mismo silencio, llegamos al hospital.. Los pasillos interminables y fríos, me daban la sensación de estar en un laberinto sin salida.Dos horas pasaron, por fin una religiosa, con enorme toca blanca, se acercó, ya pueden subir, nos dijo, por una de las numerosas puertas de aquel pasillo subimos unas escaleras, al final y de frente una enorme sala con algunas ventanas, un pasillo al centro, y a ambos lados, tantas, que no fui capaz de contarlas en aquel momento.Allí en la primera cama entrando, estabas, no eras ni tu sombra, la rabia me consumía, no sabia como contenerla, de haber podido, me habría pegado con el primero que se me acercase, yo no me sentía culpable, pero...creí que en aquel momento todos pensaron que era mi culpa.Con el tiempo, demostré que estábamos hechas de la misma pasta Me levantaba antes de que sonase el despertador, cuándo  mi padre se levantaba, tenía el pan tierno el café y la fiambrera para llevarse, no me dirigía la palabra, solo exigía, que al día siguiente, procurase ir antes a por el pan, la niña podía despertarse, y...claro no iba él a preocuparse de estar por ella, no se como callaba, era muy rebelde y siempre desde que cumplí los once años, le contestaba, tenía miedo, que en el estado de mi madre, se le ocurriese ponerle la mano encima, no sería la primera vez durante seis meses, me ocupé de la casa, lavar la ropa con una lavadora alquilada por horas, de atender al médico cuando iba a visitarte, llevar a la niña a la guardería y recogerla a las doce, para que comiera en casa, por la tarde de nuevo a la guardería y si podía...me quedaba a alguna clase, nadie me ayudó, la monja, me pasaba los deberes, y si algo no entendía, me lo explicaba al salir a las cinco, pero yo siempre tenía prisa, estabas sola, y había tantas cosas que hacer,

dimecres, 3 d’agost de 2011


Vaga nostalgia se ofrece a los ojos del alba, vagos recuerdos, ansiando permanecer por siempre entre sus muros,
Piedra que si hablase, contaría deseos contenidos, amores perdidos en el aire, de sus precarios días.
Sabor de ayer, saciando el hambre de mañana y procurando bienestar, a un presente ya sin dudas ni halagos.
Mas...con el espíritu presente en la atmósfera dulce. , de sus recónditos pasados.
Patios en cementados de alegrías, pozo perdido en el recuerdo, olor a retama y a olivo consumido, por el intenso rumiar.
El calor de la leche recién ordeñada, y el zumbido leve, de la garrota en los cristales, cuando apenas amanecía.
Cansino caminar de mulos, por el centro empedrado, y el miedo al hueco, que escondía a Juan de las Ganchas.
El lebrillo lleno, con el agua recién sacada, del profundo y temeroso pozo, y la silla de enea en el último portal, junto a la minúscula mesa de madera, que soportaba la botella y el vaso, esperando a consumirse, después de la postura.
Has lavado tu cara, pero a mis ojos, solo llega la visión de tu figura enjuta, lavándose en el patio.
Pelo negro opaco, cubriendo tu cráneo y dejando vislumbrar un rostro de oscura tez, raída por el sol de tantos veranos,
tus inquietas manos, sujetando la balda de madera, que acabado el día, colocarás, atravesando las dos enormes hojas de madera.
En sendas mecedoras, ante los leños ardiendo en el hogar, uno frente al otro, repasareis en silencio, el tiempo que os tocó vivir y sin embargo lo vivieron otros.

Empinada cuesta, entre agridulce sentimiento, recuerdos de un ayer lejano en el presente, y latente en la memoria.
Figuras esbeltas, varoniles, se dibujaban sobre el empedrado y pendiente camino, el que conduce al viejo pozo, que se cobija a la sombra del verde-plata mar de olivos.
Te recuerdo, apoyado en tu garrota, con un porte elegante, disimulando con gallardía las secuelas de una entupida contienda.
Sabía de ti, por las palabras dulces escuchadas en mi infancia, en las lúgubres tardes de invierno, cuando el sol, intentando su marcha, acariciaba suaves los cristales, de la ventana del pasillo, por las ráfagas de tiempo, robadas a mis juegos, que empleaba para amasar me, con los tuyos, por aquel pan, con aceite y azúcar, que aún y siendo del mismo horno y del mismo molino, me sabía diferente al que tenla a diario.
Por aquellos cortos espacios de tiempo, que me sentaba en tu grada, esperando a mis primas, para jugar con ellas.
Cuando la figura, como una muñeca de porcelana de mi tía, aparecía con la merienda diciéndome; esto es la merendica, y vete ya, no vayan a regañarte, o, las veces que me preguntaba, con aquel acento que para mí era familiar; ¿sabe la tita que estás aquí?, entonces, con el pan en las manos y goteándome el aceite hasta los codos, corría calle arriba, con la esperanza de que los mulos, estuvieran en la puerta y así librarme, de la regañina.
Pocas veces os vi juntos, pero os gravé a fuego en mi mente y puedo veros siempre que hurgo, en el desván de mis sueños rotos.
La casa, construida piedra a piedra, traídas a lomos de bestias, por la cuesta la muela.
Piedras que guardan la esencia de mis antepasados, que esconden las lluvias y granizos, y el roce de las ramas de olivo, recién cortadas.
Aquellas viejas piedras, que guarecieron del agua, del sol y del frío, a casi tres generaciones, las mismas, que daban sombra, al empedrado suelo, del que se alzaba ufana la parra, y en el que a tantos polluelos, senté para comer, porque...dice mi mama, que se come sentado.
Dulces y a la vez, dolorosos recuerdos, tristeza y desamor en los sentidos, de aquella niña, que aun permanece en el espacio-tiempo, que ellos ocupan.

Aquella casa se parecía tan poco a la mía, que tardé años en darme cuenta que esa, era realmente mi casa, la otra, la que se quedó a kilómetros de distancia, había pasado a ser un recuerdo, un episodio o tramo de mi corta vida, archivado ya en el desván de los sueños, o como años más tarde lo llamaría yo, "el desván de los sueños rotos".
Ya os he contado que vivíamos en la planta baja, oscura, fría y...me atrevería a decir que muy lúgubre, aquellas ventanas casi a la altura del techo, el largo pasillo,sus tres habitaciones, de las que una, temíamos que usar de comedor.
En realidad, para tres personas era más que suficiente, los problemas vinieron después, cuándo la familia de mi padre, que no estaban en mi ciudad, se tomaron mi casa, como la "posada familiar".
Mi madre no podía decir nada, era mujer en una dictadura, sólo contaba para trabajar, criar a su hija y aceptar ordenes del marido.
Ordenes y...lo que se encartase, que siempre era lo mismo, en aquellos años, el hombre era el dueño de su mujer y sus hijos, él mandaba y el resto obedecía, digo resto, porque ni siquiera teníamos derecho a otro nombre.
En aquellos años, si un marido maltrataba a su mujer, nadie hacia nada, era inútil ir la policía, pues lo primero que decían era; "algo habrá hecho señora"
¡Claro que había hecho algo! algunas, no someterse a la esclavitud que obligaba el marido, otras pensar por si mismas y en la mayoría de los casos, el considerar por toda la sociedad, a la mujer como un ser inferior.
Casarse por entonces significaba, no ganar un marido, si no someterse a sus ordenes.
Desde muy niña, me rebelé a estas costumbres, ver a mi madre llorando y magulla removia en mi interior el demonio, que según mi padre y su familia llevaba dentro.
Por eso quizá pensaron, que había que extirparlo y que mejor forma que los castigos corporales.
Crecí con odio  jurandome a mi misma que cuándo fuese mayor, a mi madre no le pondría nadie la mano encima,¡ilusa! mi madre aceptaba aquella vida, como si tuviera la obligación de hacerlo, estaba convencida que se lo merecía, pero yo sabia que en el fondo, muy muy en el fondo ella sabía que no era así.
Así era la España de aquellos años, aparte de otras prohibiciones, de los miedos hoy injustificados, pero los que vivimos aquellos años, lo sabemos bien.
A pesar de todo, fui rebelde, quizá demasiado, pero no me pesa.
Mi vecina, la del piso que nuestras terrazas estaban juntas, era brasileña, tenía una gran familia, los hijos eran mayores  que yo, casi todos  los hijos de mis vecinos eran mayores que yo, bueno...no, en el segundo piso vivía jordi, solo me superaba en dos años, cuándo yo llegué, el tenía cinco años.
Los días de verano, cuándo no había colegio, me subía al terrado a jugar con jordi, él desde su galería, nos pasábamos sus juguetes me los bajaba en una cesta atada a una cuerda, otras veces pasaba las horas jugando en la plazoleta, con las amigas que iba haciendo, Rubí, fue mi primera amiga, seria porque su madre tenia una parada en el mercado junto a la de mi abuela, nuestra mistad duró hasta que yo empecé bachillerato, ella según su madre, no necesitaba estudiar pues era rica.
¡Dios! cuándo recuerdo estas cosas pienso, ¡que mentalidad más retrograda!
Recuerdo que a los nueve años, ya tenía mi hermana dos, los reyes le trajeron a Rubí una bicicleta.
Siempre fue mi sueño, tener una bici, y cada año en mi carta a los magos, no pedía otra cosa, llegaron año tras año y estaba segura que habían recibido mi carta,nunca me creí la historia de la abuela, "se debe de haber perdido cariño".
¡Como se iba a perder, si me traían otras tonterías!.


La bicicleta