dilluns, 25 de juliol de 2011

Carta al dolor

Muchas veces, he pensado que quizá, sea yo quien ve las cosas como no son, puede que sea tanta la rabia o el dolor, que me hagan ver las cosas de forma diferente.
Es muy posible que me aisle sola, que mi actitud provoque en los demás ese rechazo, o, que no exista como tal, que tan sólo sean imaginaciones mías.
Pero, si me paro y analizo, me doy perfecta cuenta de que no es así, desde siempre he intentado el integrarme, formar parte de esa comunidad en la que he decidido vivir, sin éxito y me sigo preguntando; ¿es posible que esté marcada? ¿que exista algo, de lo que no tengo conocimiento, que me excluya del resto? ¿que he hecho, o que hice?.
Es absurdo, no encuentro explicación, ni razón alguna, para justificar la actitud de esas personas.
Vuelvo a "machacarme" intentando por todos los medios, encontrar algo, que les de la razón, indago el pasado, rebusco por todos los pliegues posibles, pongo patas arriba, mis recuerdos, NADA, ¿nada? nada...todo.
¡Maldita vuelta¡ no, maldita la hora que ayudé a su vuelta, ¿de que me sirvió ser buena? lo habíamos dejado TODO, acepté su decisión a no volver la vista atrás, ¿me ablandé yo?* o fue ella, que como siempre, sintió lastima y quiso ayudarle.
Debo responsabilizarme de mis actos, no puedo cargar las culpas a los otros (aunque esté convencida que la tienen).
Se que debería dejar el pasado, pensar únicamente en el presente y tener confianza en que también me espera un futuro, el que tengo que labrarme por mi misma.
El pasado, es una enorme piscina, en la que por nada, volvería a sumergirme, pero...
es preciso que vuelva, a hurtadillas si es necesario, pero volver, debo volver.
Necesito saber, y solo echando atrás en el tiempo, situandome de nuevo en el punto de partida, sabré el como y el porqué, aunque creo...que me engaño a mi misma, las razones, los motivos los se, el porqué...ni lo se, ni creo llegue a saberlo.
Te fuiste, como siempre, siendo el punto de mira, el objeto principal, vamos que en lenguaje llano, el ombligo del mundo, siempre te creíste un ser superior.
Creíste siempre en el falso amor que te mostraban, las personas que adulaban tus palabras y tus hechos, ¿donde estaban cuándo eras un despojo? ¿cuando la enfermedad se apropio de ti?.
Nadie estuvo a tu lado, nadie se preocupó si te ibas o te quedabas, si comías o dormías,si volvías o te quedabas.
¿Donde estaba aquel mundo de locuras y desenfreno?, ¡muerto¡ ya se había agotado, el eje de todo, era ahora un despojo de lo que fue.
Nadie te lo echó en cara, nadie, te recordó nada, todos te arroparon te hicieron hueco en sus vidas, vidas que tú destrozaste y despreciaste y que ahora recuperadas de tanto infortunio, te ofrecían lo mejor de ellas mismas.
Volví a confiar en ti, deposité mi confianza en tus manos, dejé de reconciliar me con mi pasado, ese mismo que te encargaste de enterrar para que nunca recordase.
Poco duró aquella falsa paz y yo lo sabía, sabía que todo era falso, que no había cambiado nada, que el río volvería al cauce vano y que sólo eramos o...era yo, el puente que atravesarías de retorno, cuándo volvieses a ser como antes.
Lo supe en el tren, lo leía en tus ojos, demasiado fácil aceptaste sin más, ni un reproche ni una palabra más alta que otra, en definitiva, una balsa de aceite, ¿Tú? No, tú no eras así, y unos días de hospital no son suficientes para ese cambio.
Llegué con todas mis dudas, te abrí mi casa, me enfrenté a todos, a nadie le gustó que volvieras bueno...a ella sí, era tan confiada como yo, aunque le faltaba mi"maldad", bueno mi des confianza sería más acertado, yo nunca te creí, ¡jamás confié en ti¡ conocía tus artimañas, ¿des confianza?
fueron tantos los momentos amargos, que las apariencias, sólo se las creían los demás,
se fue a la tumba sin saber nada y tú entonces...descansaste, a pesar de tu dominio y de creer que eras su dueño, tenías el miedo en el cuerpo, pero al verte vivo, estabas seguro de que nada le había contado."Todo" vivió conmigo años y años, lo encerré bajo mil llaves en el baúl de mis sueños rotos, pero hay cosas que no viven dormidas eternamente, han vuelto a mí y esta vez he sabido porqué, tarde, muy tarde porque ya no quedan los seres que me protegieron, que me dijeron...olvidalo entierralo profundo y...¡vive¡.
No, no viví, aunque sí lo enterré tan hondo, que hicieron falta vidas para encontrarlo.
De esas vidas, algunas no tienen ni idea, ni yo he querido que la tengan, guardan tu recuerdo como lo más importante, a costa de que el mío se pierda, pero no me importa lo perdido no voy a recuperarlo nunca.
No he llegado a ser nada y he llegado a todo, han hecho falta muchas lágrimas, muchos desprecios y un inmenso dolor, pero...soy yo, querida y odiada, amada y despreciada, Yo, capaz de distinguir, que el desprecio y los odios son hojarasca que se quema o se pudre y que el cariño y el amor, permanece creciendo día a día.
Sembré en baldío y perdí la siembra, el viento del tiempo arrastró semillas que crecieron en eriales y se multiplicaron, ¡al fin, recogí la cosecha¡

Encabezamiento

Como pasa el tiempo, ¡que deprisa¡ al igual que las hojas en otoño, se desprenden de las ramas, monotonas y secas, alfombrando el suelo con su tono de oro envejecido.
Así pasó mi tiempo, sin darme cuenta que los años, surcaban por mi rostro dejando su huella imperturbable, ajó mi cuerpo con ensaña, marcó mis sienes doloridas y en mi mente, gravado como a fuego el dolor la injusticia, el menosprecio, el hambre de cariño el dolor de las ausencias presentes, una infancia sin tiempo de vivirla, nacida hipotecada por el peso de una deuda de odio, que no tuve tiempo a contraer.
En el otoño de una vida no vivida, reposo en el regazo los recuerdos, acaricio con pena y con dolor el tiempo rebelde, la niñez envejecida en un entorno de amarguras, la muñeca de porcelana, estrellada con rábia contra un suelo ajeno a mi inocencia, lejano a mis raices.
La tristeza en el rostro, de quien me dió la vida.
La recuerdo, acariciando mi pelo ensortijado de un negro enrojecido, el mar en sus verdes ojos de gata, gotear por sus mejillas, sin respuesta a mis preguntas, ¿porqué? mas no hallo respuesta, a veces, quisiera que existiera ese Dios, pero tan solo es un deso en el que suelo o...solía refugiarme cuándo la incomprensión se anudaba a mi garganta, sobre todo, en aquellos años  en que llamemosle, mala suerte, hizo mella honda en mi fragil y diminuto curpo,de niña-mujer.
Volviendo a mi regazo, barajo sueños adolescentes, empresas incumplidas, quizá por su alta dosis de útopia, la lucha contra un todo poderoso, el querer y el no tener materia de cariño.
¡Cuántas veces¡ volví a mis raices, soñando simplemente, recordando el camino entre los alamos, el agua derramada entre las piedras del suelo de aquel pozo, donde no solo las bestias abrevaban, también lo hacían mis recuerdos.

diumenge, 24 de juliol de 2011

La purga de la yegua, 1




Nana solo tiene tres años, bueno...los cumplirá dentro de cinco meses, es una niña despierta y muy sensible, lo más importante en su corta vida fueron su madre y su hermanita, aunque todo su entorno la quiera y ella se haga querer
Pilar, su vecina cuida de ella hasta que llega su tía  para llevársela, desde que murió la pequeña Brigitte, su madre está hundida no deja de llorar y todos creen que eso no es bueno para Nana.
Ha pasado un mes de la muerte de la pequeña, Nana amaneció con fiebre
¡Sara! eres una paranoica, ¡siempre lo mismo! a la niña no le pasa nada, todos los chiquillos tienen fiebre.
Echó el morral al hombro y salió de la casa en dirreción a la sierra, su trabajo era en las obras de la nueva presa.
A su vuelta, la niña seguía con fiebre, quizá el miedo a que los hermanos de Sara , dijeran que era su culpa, sin cambiarse de ropa, salió en busca del médico.
Don José los tranquilizó, no os preocupeis, esta fiebre no es tan fuerte como la de Brigitte, es una infección y seguro que remite en un par de dias, no veo que pueda tener mucha importancia.
Las fiebres no remitían más de un par de horas al día, el efecto de los medicamentos y al rato...otra vez la temperatura, se apoderaba del pequeño cuerpo de Nana,  sus negros ojos estaban apagados, su sonrisa pérdida.
En una semana, supieron  que la enfermedad que aquejaba a la niña, no era otra que una infección al riñón, pero no de que mal se trataba.
El sueldo  de su padre, no alcanzaba para tanta medicina y sus tios decidieron que diese otro jornal en la finca familiar, ésta, distaba cinco kilómetros del pueblo, los mismos que Sara recorría todos los días, para llevarle a su marido la comida.
Don José, había decidido, que Nana  no tomase agua, tan solo mojarle los labios, pues los sueros ya hidrataban su cuerpo., hizo falta penicilina, que tenia que llegar de la capital y más de una dosis, se compraba de estraperlo, llegaba en una pequeña cajita de madera, que Sara  guardaba en el cajón de la cómoda, con la ropita de Brigitte, dentro de cada una de ellas, dejaba una nota, quizá era una suplica para que su niña, no siguiese el mismo camino que su hermanita.
En los meses de julio y agosto, el calor por aquellas tierras era  sofocante, a las horas que Sara iba y volvía del cortijo, el tiempo que duró la enfermedad de Nana, su madre no probaba una gota de agua en todo el camino y la que tomaba en casa la limitaba a un par de vasos al día, si mi hija no puede beber, yo tampoco decía.
Las fiebres continuaban y la infección parecía no ceder, ya se había probado todo, aquella noche la niña ya no tenía fuerzas ni para llorar y Sara bajó a casa de Don José.
Es nuestro último recurso le dijo el Galeno, haz ésta pastilla ocho trozos y le das la mitad de uno cada seis horas.
Todo el mundo quería a Nana y las visitas se sucedían una tras otra, en ocasiones el pequeño portal de la casa, se llenaba de gente, aquella noche se había marchado todo el mundo, cuando llegó la cuñada de Sara, mientras ella cumplía el encargo del médico y se disponía a darle la dosis a la pequeña.
Ana, su cuñada, se echó las manos a la cabeza al ver el postillón .
Sara, ¡por Dios! ¿ que vas a darle?
me la dio Don José, dice que es lo último que cree pueda ayudarle
Ana le dijo, esto se lo ha dado el veterinario a una yegua que parió y no se había limpiado.
Me da igual Ana, voy a dársela, ya no se que hacer y no quiero enterrar a otra hija, ¡no quiero es demasiado!
Siete horas habían pasado y solo una de la segunda toma.
mami, ponme en mi orinal que tengo muchas ganas
Nana cielo, no te preocupes, no vas a mojar nada, puedes hacértelo, Sara estaba convencida, que las gotas que orinaba la niña, nomonjarian nada.
Nana insistió, ¡mami que no puedo aguantar corre!

la sentó en su orinal y al momento...¡dios aquel ruido no podía salir de un cuerpo tan chico!
Intentó medirlo, como le había dicho el médico, pero no pudo, se hizo una madeja
Salió de la habitación tapando el orinal con una toalla, Ana , quedate con la niña, ya subo
y salió cuesta abajo, hacia la casa del médico.
Sara, respira relaja te y...da gracias a Dios, la niña ya es nuestra.
¿Nuestra? pensó Sara,¿ de quien había sido en estos meses?,
En aquel momento, juró que nunca dejaría que le ocurriese nada, pero...sabia bien, que no podría evitarlo.








Los pollos,3

Puede que sea la nostalgia la que me haga recordar, o puede que simplemente sea la madurez, el haber llegado a la mitad o…¿no es la mitad si no el final de mi vida?.
No se en que etapa me encuentro, ni tan siquiera se si me queda tiempo para traer todos mis recuerdos, lo que tengo claro es que quiero recordar, pues para mí es como volver a empezar, aunque solo sea en mi imaginación.
Intento llegar al principio, pero se agolpan todas mis vivencias de tal forma, que me resulta imposible darles un orden cronológico.
Amaneció con un hermoso sol que se refleja al fondo de ese fantástico mar de olivos, apenas corre una suave brisa moviendo lentamente las copadas ramas.
Pequeñita de  ensortijado cabello azabache y esa agilidad de la que solo los niños son poseedores, el emparrado de la puerta dibuja caprichosas sombras en las encaladas paredes de la casa, las gallinas corretean alegres ajenas a todo lo que no sea andar picoteando el grano, que su ama esparce cada mañana a la puerta del cortijo.
La niña tan ajena como las aves, juega  en el empedrado protegida  de todo lo amargo, que rodea  ese mundo aparentemente feliz.
-vamos Nana a desayunar, es su madre que la llama, pero nana está más absorta en sus juegos que en oirla
_Nana, repite  la voz, ¿no me oyes?
Si claro, que te oye, como no te va a oir, pero…encontró un gusano y tiene que investigar hasta donde puede llegar, antes de que llegue una gallina y se lo coma, porque está segura que los gusanos tambien tienen una mamá que los llama a desayunar y a comer, oh, que pesadas son las madres, siempre  tienen que molestar, para que comas, que te laves, que te vayas a la cama…siempre lo mismo, ya podrian dejarte sola ¿verdad nana?.
¡se acabó Nana¡ ven ¡ya¡
Se olvida de la lombriz y responde a la llamada
Venga sientate, y desayuna
jo,¿ porque tengo que sentarme?  no estoy cansada
Pero para comer, las niñas se sientan a la mesa,
¿todos se tienen que sentar para comer?
Claro cariño, si comes de pie, no te sentará bien y nunca te harás grande
Ah, responde con una picara sonrisa, esa risita que  Nana, pone cada vez que piensa en alguna de sus trastadas.
¡por fin¡ se acabó el desayuno
sigue jugando, entre las matas de lirios y  jazmines, que rodean la casa, solo espera el momento oportuno para correr hacia el establo, allí se lo pasa en grande, no entiende porque le regañan cada vez que va.
Lucero  come tranquilo la paja del pesebre, solo las gallinas y algunos polluelos, corretean por  el establo, nana va tras ellos, no puede consentir que se queden pequeños para siempre, para eso tienen que comer sentados y uno tras otro se va sentando a comer, a las ordenes de la niña, ¡que te sientes a comer!
Los pequeños polluelos forman una cadena desde el cobertizo hasta la casa.
Juan Juan¡ grita la madre, ven mira…no se que ha pasado pero todos los pollos están muertos uno tras otro.
Juan no puede contener la risa
¿y tu de que te ries? pregunta Sara
No nada, que…
Que, ¿Qué? dime no te calles ahora.
Pues verás Sara, mientras andaba en la huerta, me pareció oir a nana
A Nana? y que tiene que ver ella con los pollos?
Bueno…no se, pero…
Pero que? habla de una vez
Juan no puede contener la risa  y termina  diciendole a Sara lo que cree que ha ocurrido
Verás Sara, me pareció oir a Nana decir, que te sientes pa comer, que si no no te harás grande, jajajaja creo que estos no se hacen grandes seguro jajajaja
La madre, muy enfadada se dirige a Nana, ¿ves lo que has hecho? no has dejado ni un polluelo, como se te ocurre sentarlos?
Mami, yo solo quiero que se hagan grandes, y como tú dices que si no me siento para comer no creceré, pues…pero no te enfades, verás como ahora se sientan.
Sara la coge en brazos y no para de besarla, ¿Cómo le explica que solo las personas se sientan para comer?

La Onza de chocolate,,2

Había amanecido, el sol entraba a raudales por la ventana, de  pronto se oscurecía la estancia como si se hubiese apagado la luz, para en pocos segundos volver de nuevo a inundarse con sus fuertes rayos.
Miraba a través de los visillos, ¿tenia miedo de correrlos? si, era miedo a ver todo lo que se escondía tras ellos.
Allí, frente a la ventana, se abría todo un mundo  de colores opacos grises y…de azules  maravillosos, pero  no quería verlos, ¿era miedo?  podía ser el miedo a no ver los claros, a ver solo aquella oscuridad, que por momentos la  envolvía.
Retrocedió unos pasos, allí estaba  la mesa, con todas las fotografías, la vieja maquina de escribir y…los recuerdos.
Como por inercia puso un papel en la vieja olivetti,  sus manos no se  movían, si no sus pensamientos, allí en aquella hoja antes en blanco iban apereciendo como por magia, momentos, que ya no sabia que habían existido.
Cerró los ojos y se recostó en la silla, el sol seguía dando su fuerza a intervalos de tiempo, pero ella no veía sus claroscuros, solo su calor que apretaba fuertemente su cuerpo contra los recuerdos.
Como si de magia se tratase, se encontró al otro lado de sus sueños.
Allí en aquella cuesta empedrada, poblada de pequeñas casitas blancas , sus tejados rojos y las diminutas ventanas casi debajo de ellos.
Una niña, de no más de cuatro años, con cabellos rizados de un intenso negro azabache, gritaba

El hombre se paro sobre sus pasos, metió la mano en su bolsillo y sacó una onza de chocolate
la niña se acercó y alargando su manita, tomó el dulce, se abrazó al padre y…serena, como si fuese ya una persona adulta le dijo…toma, es mi moneda de la suerte, llévatela así sabrás que tienes que volver, no la gastes, porque si lo haces ya no volverás a ser mi papa y yo no quiero perderte.

La varonil silueta se fue haciendo cada vez más pequeña hasta desaparecer a los ojos de la niña.
Bajó los escalones que la separaban de la calle, entró en la estancia y sin mediar palabras se sentó en la vieja mecedora, la lumbre chisporroteaba con fuerza, se durmió, mientras la pieza de chocolate se derretía en sus manos.

El reloj del tiempo no entiende de angustias y siguió dando sus horas inexorablemente.
Los niños, tienen una enorme capacidad para asimilarlo todo, yo diría que un desván interior en el que almacenan sus vivencias, que sacaran algún día, cuando ya mayores, no sean capaces de almacenar mas recuerdos.
Desperté de mi letargo, aquella niña ya podía sacar a la  luz sus tesoros ocultos, pero…¿estaba preparada?


Ese día todo fueron despedidas y lagrimas, nana se abrazó a su vieja cabra, aquella que la alimentó cuándo por unas fiebres, su madre no pudo hacerlo.
Allí de pie como un gigante ante sus ojos, su tío, firme sereno, como si no le importase su marcha.
Pórtate bien, se buena y obedece a tu madre, le dijo con voz firme
yo soy siempre buena contestó nana, y despertó las risas de todos
Cuándo duermes contesto la tia, y…me parece que tampoco.

El viejo autobús, cargado hasta su techo de bultos, esperaba para salir hacia su destino.
¡vamos¡ grito Manolo ¡arriba¡ to el mundo, que hay que llegar a linares antes de las siete.
Pegada al cristal de la ventanilla, nana iba dando instrucciones a su tío.
Guárdame leche de las cabras, que mañana bajaré a bebérmela !no te olvides tito¡
no me olvido respondió Alberto, esta vez su firmeza había desaparecido, como si se hubiese dado cuenta, que nana, ya  no iba a volver.

Permaneció de pie pegada su carita al cristal, hasta que las figuras, se fueron haciendo un punto en el horizonte, se sentó, despojó sus manos de los guantes de lana, que tanto le costaba quitarse aunque hiciese calor, y sacó la pieza de chocolate que llevaba envuelta en el bolsillo del abrigo, con sumo cuidado la desenvolvió, contempló callada la imagen de la virgen que llevaba grabada  y liando de nuevo el dulce lo guardó en su bolsillo.
¿No te lo comes? Preguntó su madre
No, si me como la virgen ya no tendré más y entonces nunca más veré a mis primas, ni a los titos, ni tampoco a mi azulica, voy a guardarla, hasta que volvamos.

dimarts, 19 de juliol de 2011

Las Cartas

Cae el sol con toda la intensidad, que le permite ésta tierra, el empedrado suelo proyecta su calor a las blancas fachadas y calienta los viejos bloques de sillería, de los antiguos caserones, reflejando sus sombras a lo largo de la empinada cuesta.
Por las paredes de los patios cuajados de macetas, se oye el chapoteo del agua, los gritos de los niños y una pelota que vuela por encima de un bardal.
El paisaje es el mismo, las gentes, algunas también aunque más envejecidas por el paso de los años, otras...aquellas niñas que jugaban en la calle, saltando a la comba ó sentadas en los trancos de las casas, vistiendo muñecas de trapo  y jugando a médicos y enfermeras.
Recuerdos, sueños perdidos por el paso de los años, vivencias que aunque cortas, formaron parte de una vida, de un pasado entre agridulce y triste, de un sabor a aceituna amarga y cucharrillos de pan con aceite y azúcar.
la casa casi al final de la cuesta, un pequeño rellano de piedra noble, daba y da paso al caserón, fachada labrada con signos de otro tiempo, enormes hojas de madera, que solo se abrían al amanecer, cuándo salían las bestias, con los aperos cargados en sus lomos, y al caer la tarde, a su vuelta, con las ramas de olivo, atravesarían de nuevo el empedrado pasillo del portal, para servir de alimento, cuándo al anochecer regresaba el rebaño de rumiantes.
De amanecida, el humean te olor a leche recién ordeñada me despertaba.
Allí estabas tú, encorvando tu varonil figura, vaciando los cubos en la cantara.
Ella, trajinaba en la cocina, agachada en el relé de la lumbre, preparando en el viejo puchero, la malta que una vez colada y migada con pan del día anterior, le serviría de desayuno, mientras que yo aprovechaba su ausencia y en complicidad contigo, me amorraba al último cubo de leche.
Siempre creí que la  engañaba, al llegar a la cocina y decirle, que acababa de despertarme
¿No habrás bebido leche en el cubo? me preguntabas
nooo, contestaba con una cara que me delataba, no solo por mi expresión de pilla si no también , por aquellos morritos blancos, que por si solos delataban mi "delito"
Anda ven, me decías, que tienes pasta de dientes en la boca
y yo...inocente, contestaba,!no tita si todavía no me los he lavado¡
sonreías, como si no te hubieses enterado y sentada en el portal que daba al patio, peinabas mi rizado cabello y me aleccionabas de todo lo que debía hacer aquel día, a sabiendas, de que una vez en la calle, se me habría olvidado todo.
Volví sobre mis pasos, lenta pensativa, hasta llegar al pequeño escalón que formaba la calle con la cuesta, lo subí, ésta vez con más dificultad, que cuándo niña.
Un ligero toque en mi espalda,hizo que me girase, la conocía, no en vano nos habíamos tratado durante unos años.
Has venido a por ellos, me preguntó.
He venido, le contesté, ahora veremos a qué, ya sabes como es, pero a los niños me los llevo, quiera él venirse o no.
Su cara reflejaba sus dudas, ella sabía bien como era y que iba a ser difícil que diese su brazo a torcer.
Sigue...

El día más largo,4

El verano empezaba a tocar a su fin, pero el sol se estrellaba en la cal blanca de las casas, apenas levantaba unos centímetros del suelo y mis pequeñas manitas se aferraban con fuerza a los hierros de la ventana.
No podía creer que tenía que dejar todo aquello, mi casa, mis cabras, las gallinas del corral y hasta mi vieja muñeca de trapo.
Me la hizo mi prima, tenía bordados los ojos y la boca, no tenia nariz, pero sus pelos de largos trozos de lana negra le daban un toque especial y...tenía que dejarla, llevábamos demasiadas cosas decía mi madre, se te va a perder y luego llorarás, déjala y la tendrás cuándo volvamos.
¿volver? ¿iba a volver?
La vieja "pava" nos esperaba  en la carretera, iba cargada de gente y bultos, ¿todo el mundo se iba a Barcelona?, que ilusa, no, no se iban a Barcelona, las únicas que se iban éramos nosotras, mi madre y yo.
Aquello me parecía tan injusto, que pregunté a mi madre, Mama, ¿porque tengo yo que irme? ¿no puedo quedarme con la tita?
Fue rotundo el no, casi me dejó sin ganas de seguir preguntando.

El viaje hasta la estación lo hice en silencio, mi madre tampoco tenia muchas ganas de hablar.
Rompí mi mutismo al ver el tren que se acercaba lento a la estación, para mí era toda una novedad jamás había visto una pava tan grande y además con las ruedas de hierro, me corrigió mi tía diciéndome, no es un coche cariño, es un tren, por eso tiene tantos vagones y las ruedas de hierro, venga que os acomodo en el vagon, que no tardará en salir, mi tía quería aparentar fuerza, pero la verdad es que nunca la había visto tan triste.
al subir al dichoso convoy, me quedé perpleja, tenia un zaguán como las casa de baños, la mía no tenía porque  si no, no podrían entrar las cabras hasta el corral, pero si que lo tenía la de mis abuelos y después un portal grande con pilistras y una silla muy larga de palitos pequeños y enea, yo  no vivía en aquella casa y no se porque, tampoco querían que fuera, nunca lo entendí, ¿porque no podía jugar con mi prima?
Después de lo que yo le llamé zaguán  se abría una puerta a un largo pasillo y a un lado mas puertas, que eran como cuartos muy chicos con unos largos asientos a cada lado y en medio una ventana grande.
Por encima de los asientos una reja para dejar los bultos y maletas, allí colocaron mi madre y mi tía las pocas cosas que llevábamos y nos sentamos las dos mi madre y yo, mi tía le dejó una cesta a mi madre en la falda, me dio un abrazo como sino me fuese a ver más y llorando se bajó del tren.

Tarde Aciaga


No era la primera vez que Sara se quedaba dormida en el sofá aunque ésta vez era diferente.
La tarde anterior, había descubierto algo que siempre sospechó, pero que por aquellas extrañas cosas de la mente humana, jamás le dio la importancia que  acababa de darle en aquel momento.
No entendía porqué, pero algo en su interior le hacía revelarse contra si misma y empezar a pensar, esta vez más detenidamente, dando valor a cada una de las palabras, que en aquellas llamemos raras conversaciones, ya que en muchos momentos no venían a cuento y sin embargo ella las mantenía, después se despedía y no volvía a recordarlas.
Aquella tarde, se había sentido más humillada que cuándo charlaba con Eduardo.
Él era de ese tipo de personas, no diría embaucador pero sí algo parecido, tenía la inmensurable habilidad de girar las cosas de tal modo, que intentaba que su interlocutor, se sintiese profundamente inferior a  su persona, diríamos que lograba quedar como un ídolo, Sara lo sabía y a pesar de todo lo admiraba, su gran capacidad para expresarse con la pluma, sus fantásticos relatos y poemas, eran dignos de la admiración de cualquiera que amase como ella la poesía, pero no dejaba de reconocer, que como persona, Eduardo abanderaba su prepotencia y su falta de tacto hacia los demás.
Cuántas veces no le había aconsejado, que  ella estaría mejor en cualquier entretenimiento, que no tuviese que ver con la lírica, era tan listo que nunca se lo dijo de forma descarada, siempre de soslayo, dejándole entrever que aquello no era lo suyo.
Todos conocían a Eduardo, así que…no daba la menor importancia, pero aquella tarde sí, aquella tarde recordó en un solo instante, tantas y tantas mentiras como había escuchado de la boca de quien quería considerarse su amigo.
Acababa de leer algo, que  le hizo poner los pies sobre la tierra y ver como se había reído de ella, en aquel momento solo pensó que le había tomado el pelo como a una tonta.
Quizá no fue así y lo único que pretendía su mal llamado amigo, era ponerla en el sitio que le correspondía y borrarle aquellos sueños de poeta, que para nada tenían cabida en un ser como Sara.
El sueño en el sofá, esta vez no fue como en otras ocasiones, se despertó a una hora intempestiva, como si ya hubiese dormido las horas suficientes, pero la noche seguía su curso y el silencio reinaba en la calle a través de las ventanas.
Se sentó en su escritorio antes de cambiarse de ropa y aunque aún no era de día, ella seguía con la misma del día anterior.
Abrió su ordenador y como siempre, fue leyendo en las páginas que tenía costumbre.
¡Sorpresa! pero esta vez no se la dio Eduardo.
¡Dios! quien podía pensar que  aquella persona que siempre la  consideró amiga,  pudiera decir tantas y tan horrendas cosas de ella.
¿Cuándo había hablado mal de nadie? ¿En que ocasión tildó a nadie de necio?
No podía dar crédito a sus ojos, no era posible.
Mojó su cuerpo con toda la fuerza que le daba el agua, mientras empapaba su cara con la rabia que brotaba de sus ojos, no podía pensar, la tristeza y el dolor la embargaban.
Envuelta en la toalla atravesó el pasillo que la separaba del dormitorio, se sentó en la cama y secó sus ojos, que ya no la dejaban ver.
Volvió de nuevo a su escritorio, intentando sacar aquella rabia que la consumía, pero era imposible, demasiado dolor, por algo que en otro momento no le hubiese dado ni la mitad de importancia.
La carta de sara

Eduardo, no quiero que lo entiendas, sólo quiero que te quede claro que tus palabras no me hacen daño, que se quien soy y como soy y me siento orgullosa... tus mezquindades no me alcanzan, sólo que a veces me ponen de los nervios, más cuando eres capaz de sorberle  el pensamiento a la gente, haciendote el superior, siempre fuiste así.
Recuerdo de niños,siempre te creías el señor feudal, pensaba que cambiarias con los años, y por cierto, sí, sí lo hiciste, para superarte.
Habrá más tardes  ymás sitios donde entrar, y no soñaré contigo, porque te he dejado en el fondo del pozo agónico de los recuerdos, no voy a odiarte, porque ni eso mereces.
Permanece en mi olvido.
Sara