dimecres, 3 d’agost de 2011


Vaga nostalgia se ofrece a los ojos del alba, vagos recuerdos, ansiando permanecer por siempre entre sus muros,
Piedra que si hablase, contaría deseos contenidos, amores perdidos en el aire, de sus precarios días.
Sabor de ayer, saciando el hambre de mañana y procurando bienestar, a un presente ya sin dudas ni halagos.
Mas...con el espíritu presente en la atmósfera dulce. , de sus recónditos pasados.
Patios en cementados de alegrías, pozo perdido en el recuerdo, olor a retama y a olivo consumido, por el intenso rumiar.
El calor de la leche recién ordeñada, y el zumbido leve, de la garrota en los cristales, cuando apenas amanecía.
Cansino caminar de mulos, por el centro empedrado, y el miedo al hueco, que escondía a Juan de las Ganchas.
El lebrillo lleno, con el agua recién sacada, del profundo y temeroso pozo, y la silla de enea en el último portal, junto a la minúscula mesa de madera, que soportaba la botella y el vaso, esperando a consumirse, después de la postura.
Has lavado tu cara, pero a mis ojos, solo llega la visión de tu figura enjuta, lavándose en el patio.
Pelo negro opaco, cubriendo tu cráneo y dejando vislumbrar un rostro de oscura tez, raída por el sol de tantos veranos,
tus inquietas manos, sujetando la balda de madera, que acabado el día, colocarás, atravesando las dos enormes hojas de madera.
En sendas mecedoras, ante los leños ardiendo en el hogar, uno frente al otro, repasareis en silencio, el tiempo que os tocó vivir y sin embargo lo vivieron otros.

Empinada cuesta, entre agridulce sentimiento, recuerdos de un ayer lejano en el presente, y latente en la memoria.
Figuras esbeltas, varoniles, se dibujaban sobre el empedrado y pendiente camino, el que conduce al viejo pozo, que se cobija a la sombra del verde-plata mar de olivos.
Te recuerdo, apoyado en tu garrota, con un porte elegante, disimulando con gallardía las secuelas de una entupida contienda.
Sabía de ti, por las palabras dulces escuchadas en mi infancia, en las lúgubres tardes de invierno, cuando el sol, intentando su marcha, acariciaba suaves los cristales, de la ventana del pasillo, por las ráfagas de tiempo, robadas a mis juegos, que empleaba para amasar me, con los tuyos, por aquel pan, con aceite y azúcar, que aún y siendo del mismo horno y del mismo molino, me sabía diferente al que tenla a diario.
Por aquellos cortos espacios de tiempo, que me sentaba en tu grada, esperando a mis primas, para jugar con ellas.
Cuando la figura, como una muñeca de porcelana de mi tía, aparecía con la merienda diciéndome; esto es la merendica, y vete ya, no vayan a regañarte, o, las veces que me preguntaba, con aquel acento que para mí era familiar; ¿sabe la tita que estás aquí?, entonces, con el pan en las manos y goteándome el aceite hasta los codos, corría calle arriba, con la esperanza de que los mulos, estuvieran en la puerta y así librarme, de la regañina.
Pocas veces os vi juntos, pero os gravé a fuego en mi mente y puedo veros siempre que hurgo, en el desván de mis sueños rotos.
La casa, construida piedra a piedra, traídas a lomos de bestias, por la cuesta la muela.
Piedras que guardan la esencia de mis antepasados, que esconden las lluvias y granizos, y el roce de las ramas de olivo, recién cortadas.
Aquellas viejas piedras, que guarecieron del agua, del sol y del frío, a casi tres generaciones, las mismas, que daban sombra, al empedrado suelo, del que se alzaba ufana la parra, y en el que a tantos polluelos, senté para comer, porque...dice mi mama, que se come sentado.
Dulces y a la vez, dolorosos recuerdos, tristeza y desamor en los sentidos, de aquella niña, que aun permanece en el espacio-tiempo, que ellos ocupan.

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