dissabte, 9 de juny de 2012

Mis Maestras


Dos fueron las Hermanas, que hicieron mella en mí, la primera inculcó en mi espíritu, la fuerza y el valor para seguir siempre adelante, me decía; no tengas nunca miedo, caerse es normal, lo dificil es saber levantarse, y para eso solo has de pensar que no estás sola, La Santa Virgen siempre está contigo.



Yo era muy rebelde en aquella época, bueno...en aquella y...siempre.



Le contestaba, pués...yo no la veo, siempre estoy sola.



¡Cuánta paciéncia tuvo conmigo¡ pero...¡lo consiguió¡



Nunca olvidaré los dos últimos cursos de primaria, ella me animó a presentarme al certamen de Suphosse Platino, y que orgullosa estaba cuándo gané el 2º premio.



No dejes de escribir mi querida nana, solía decirme, eres especial.



Muchos años después, supe que ya no era Religiosa, me alegré , porque siempre he creído que se puede servir a Dios,en cualquier estado y estoy segura que ella no dejará de hacerlo.



La segunda, fué tan especial como la primera, nunca la olvidaré, a ninguna, ya que fueron las que forjaron mi forma de ser, mi caracter, del que a pesar de todo me siento orgullosa.



La que tuve en Bachillerato, tampoco la olvido, pero...los recuerdos no son todo lo agradables que quisiera y no porque fuese mala, pero no supo entenderme nunca, yo siempre decía que estaba amargada.



Yo no era la única en pensar así, pues de las pocas alumnas del curso, creo que ninguna le tenía cariño.



Recuerdo anecdotas de aquel curso, pero la que más, un día en que nos pidió los deberes y la mitad no los habían hecho, amenazó con castigarnos en la sala de costura, era una clase que dedicaban, para enseñar a las madres a coser, allí habia una Inmaculada, una talla preciosa, pero tenía los brazos en señal de oración casi sacandolos del cuerpo, esto viene a colación de lo que sigue.



al oir que iba a castigar a quien no presentara los trabajos, escondí mi libreta y dije que tampoco los había hecho, se extrañó, pero tampoco insistió en saber si era cierto.



al acabar las clases de la mañana, nos mandó a todas al aula de las madres, estaba justo al lado de donde vivían las Hermanas.



la primera media hora, todo bien, pero...ya era la una y media y teníamos hambre, empezamos a impacientarnos, Rosa (no es el nombre real) empezó a golpear la puerta al grito de...¡monjassssssssss que tenemos hambreeeee¡



nadie respondió, ella daba vueltas por la sala, gritando, "qu'em pixú", monjasssss abrir que me meooooooooo, todas la coreabamos y el escandolo fue de época.



Al ver que no podía salir, llamó a Lidia (tampoco es su nombre) para que le ayudase a ponerle a la Virgen por encima de los brazos la chaqueta, con el fin de taparle la cara, ésta le ayudó extrañada, pues no tenía idea de que iba a hacer, Rosa después de tapar casi el rostro de la Inmaculada, cogió el jarron que había a sus pies, sacó las flores, abrió la ventana y tiró el agua al patio, y allí mismo se agachó y...ya podeís imaginaros, volvió a colocar las flores, que por la tarde, cuándo la hermana Amparo llegó para dar sus clases, encontró mustias y mal olientes.



Pero por más que intentó la Hermana Julia, saber quien había sido no lo consiguió y creo que aunque leyese este blog, tampoco lo averiguaria.

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