dimecres, 3 d’agost de 2011


Aquella casa se parecía tan poco a la mía, que tardé años en darme cuenta que esa, era realmente mi casa, la otra, la que se quedó a kilómetros de distancia, había pasado a ser un recuerdo, un episodio o tramo de mi corta vida, archivado ya en el desván de los sueños, o como años más tarde lo llamaría yo, "el desván de los sueños rotos".
Ya os he contado que vivíamos en la planta baja, oscura, fría y...me atrevería a decir que muy lúgubre, aquellas ventanas casi a la altura del techo, el largo pasillo,sus tres habitaciones, de las que una, temíamos que usar de comedor.
En realidad, para tres personas era más que suficiente, los problemas vinieron después, cuándo la familia de mi padre, que no estaban en mi ciudad, se tomaron mi casa, como la "posada familiar".
Mi madre no podía decir nada, era mujer en una dictadura, sólo contaba para trabajar, criar a su hija y aceptar ordenes del marido.
Ordenes y...lo que se encartase, que siempre era lo mismo, en aquellos años, el hombre era el dueño de su mujer y sus hijos, él mandaba y el resto obedecía, digo resto, porque ni siquiera teníamos derecho a otro nombre.
En aquellos años, si un marido maltrataba a su mujer, nadie hacia nada, era inútil ir la policía, pues lo primero que decían era; "algo habrá hecho señora"
¡Claro que había hecho algo! algunas, no someterse a la esclavitud que obligaba el marido, otras pensar por si mismas y en la mayoría de los casos, el considerar por toda la sociedad, a la mujer como un ser inferior.
Casarse por entonces significaba, no ganar un marido, si no someterse a sus ordenes.
Desde muy niña, me rebelé a estas costumbres, ver a mi madre llorando y magulla removia en mi interior el demonio, que según mi padre y su familia llevaba dentro.
Por eso quizá pensaron, que había que extirparlo y que mejor forma que los castigos corporales.
Crecí con odio  jurandome a mi misma que cuándo fuese mayor, a mi madre no le pondría nadie la mano encima,¡ilusa! mi madre aceptaba aquella vida, como si tuviera la obligación de hacerlo, estaba convencida que se lo merecía, pero yo sabia que en el fondo, muy muy en el fondo ella sabía que no era así.
Así era la España de aquellos años, aparte de otras prohibiciones, de los miedos hoy injustificados, pero los que vivimos aquellos años, lo sabemos bien.
A pesar de todo, fui rebelde, quizá demasiado, pero no me pesa.
Mi vecina, la del piso que nuestras terrazas estaban juntas, era brasileña, tenía una gran familia, los hijos eran mayores  que yo, casi todos  los hijos de mis vecinos eran mayores que yo, bueno...no, en el segundo piso vivía jordi, solo me superaba en dos años, cuándo yo llegué, el tenía cinco años.
Los días de verano, cuándo no había colegio, me subía al terrado a jugar con jordi, él desde su galería, nos pasábamos sus juguetes me los bajaba en una cesta atada a una cuerda, otras veces pasaba las horas jugando en la plazoleta, con las amigas que iba haciendo, Rubí, fue mi primera amiga, seria porque su madre tenia una parada en el mercado junto a la de mi abuela, nuestra mistad duró hasta que yo empecé bachillerato, ella según su madre, no necesitaba estudiar pues era rica.
¡Dios! cuándo recuerdo estas cosas pienso, ¡que mentalidad más retrograda!
Recuerdo que a los nueve años, ya tenía mi hermana dos, los reyes le trajeron a Rubí una bicicleta.
Siempre fue mi sueño, tener una bici, y cada año en mi carta a los magos, no pedía otra cosa, llegaron año tras año y estaba segura que habían recibido mi carta,nunca me creí la historia de la abuela, "se debe de haber perdido cariño".
¡Como se iba a perder, si me traían otras tonterías!.


La bicicleta

1 comentari:

  1. Solo te digo que un abrazo muy fuerte, era la España profunda y por desgracia aún siguen habiendo muchas Españas profundas.

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